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el ritmo que nos mueve

poesía

Ajeno de Claudio Rodríguez

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Tu conciencia

*A la pequeña Rubí, por ser tan grande.

Escuché un sonido y cerré el cuaderno. Me propuse investigar en el comedor. Busqué por debajo de la mesa, me cercioré de que la radio y la televisión estuvieran apagadas, y les hablé a mis hermanos para saber si estaba alguno de ellos. A esa hora asisten a la escuela.

Conforme caminaba, el sonido se hacía más claro en el lado de la cocina. No dudé en ir a explorar. Como la cocina es chica, en seguida me di cuenta que el sonido provenía del patio. Logré distinguir unas voces. Abrí la puerta, me detuve, miré cada objeto que mi vista podía alcanzar. No parecía que hubiera algo fuera de lo normal, sin embargo, la voz seguía ahí con una fluidez prolongada.

Salí hacia el patio y di una vuelta alrededor de la casa. Busqué entre los árboles y miré la calle, en la cual, sólo yo me encontraba. La voz se escuchaba con mayor claridad en el patio trasero, así que me devolví y busqué dentro del cuarto (al final del patio) donde guardamos las cosas que ya no utilizamos.

Al abrir la puerta el sonido fue entendible. Pude escuchar lo que aquella voz masculina decía, sin embargo, se podía entender poco de lo que hablaba por la rapidez en que lo hacía. Me percaté que las cosas que llenaban el cuarto del fondo habían desaparecido. El único objeto que miré fue algo que nunca había mirado, y de donde provenía el sonido de la voz. Quise tocarlo pero no me atreví. En una situación así, ningún hombre podría palparlo. Al verlo de cerca no me quedó ninguna duda. Sólo yo pude haberlo reconocido: era mi conciencia.

La soledad del artista

*A Tristana (la chica del caracol azul), que se va a Veracruz. Y jamás supe si en verdad existió.


Vila-Matas, en su último artículo en Letras Libres, escribe:

No olvidemos que de "la mente humana en condición de aislamiento" (Bernhard) ha nacido, por ejemplo, el sujeto moderno. Montaigne aislado en su torre cercana a Burdeos. Y Descartes en su habitación caldeada de la ciudad alemana de Ulm. Sin embargo, como explica DeLillo, en culturas más antiguas el solitario fue una figura maligna, pues se creía que ponía en peligro el bienestar del grupo. Pero a ese solitario le conocemos hoy perfectamente, "lo conocemos porque nos lo encontramos en nuestro propio interior, y en los demás. Vive en contrapunto, figura apenas visible en la distancia. Es ése quien es, en su soledad perdurable".

Grandes genios que se atrincheran frente al mundo. Bernhard, al escribir sobre Gould, decía que compartía con él un deseo muy fuerte de blindarse. Se sentía, como Gould, un fanático nato de las barricadas. ¿Y qué decir de Monk? Se quedó inmóvil ante el piano en un club de Boston, "presionando las teclas, sin sonido, durante tantísimo tiempo que, al final, sus adláteres abandonaron el escenario. Estaba oyendo algo que ellos no oían".

Retirarse del mundo para encontrar al solitario de nuestro propio interior. Deseos en Kafka de ser como un indio, siempre a caballo, pero sin ver ya la cabeza del caballo, a galope desenfrenado para estar más solo en la hora de la cabalgada y de la creación en el vacío. Sótanos y submundos donde habitan los genios. Todos esos genios que terminan siendo muy esquivos y apartándose. Todos esos genios que cantan, filman, escriben para sí mismos y, al final de sus días, como Monk, duermen debajo del escenario en el que tocan todas las noches.

Y un día se van.

Pasatiempo de Mario Benedetti

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía

cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros

ahora veterano
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra

Residuos de Omar Pimienta

Siempre es grata la sorpresa de encontrarte con buenos textos, sobre todo si es de un autor joven, y aún más si lo conoces personalmente cuando lo estás leyendo.

Residuos
Omar Pimienta

Tenía la certeza de que la amargura en la boca
al despertar y sentarme al borde de la cama
no era más que los residuos de lo que paulatinamente
muere uno por las noches.

Así como también estaba seguro de que las manchas
en la esclerótica de los ojos
era la úlcera causada por las imágenes al no bajar la vista.

Los callos en las manos:
ruinas de una fortificación donde camino a tientas.

Las arrugas del entrecejo:
pasillos de edificios donde y cuando, se debe llorar.

Tenía la certeza de que al mundo se viene a algo.

Hoy no tengo seguro nada.
Me pongo los zapatos y camino.



*Del poemario Primera persona: Ella